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El Angel de Avediario

juanazulin32
3 nov 2020
6 min de lectura

El ángel de Avediario



En un pueblo italiano, a la orilla del Tirreno, donde los viejos pescadores navegan jaleando los brazos como empujando la embarcación para ayudarlo a avanzar contra la corriente, pues llevan un sedal con dos o trés anzuelos que jalean mientras navegan para cazar al incauto pez que se acerque al cebo. Surcan el cristalino mar azul turquesa pacientemente en busca de la pesca del día, y al otro lado Sicilia formando un estrecho donde circulan fuertes corrientes marinas. Hay en uno de estos barrios donde la mayoría de casas están en proceso de construcción, hay alguien que camina con la espalda erguida, vista al frente y paso firme. Va vestido con chaqueta de piel, zapatos de piel y unos vaqueros. De mirada clara, indiscernible en su edad, aparenta unos 28 años lo mismo que unos 40. Es domingo por la tarde y las Iglesias resuenan de campañas para iniciar la misa, y el cielo nublado deja entrever el Sol que aún brilla cercano al ocaso. Y sólo son las cuatro de la tarde! Pues aquí el mundo funciona asi, a las cinco de la madrugada sale el sol y a las cinco de la tarde se pone en invierno. El pueblo bulle en su apacible tono llamando las horas de oscuridad, la hora de refugiarse en casa y librarse de la mascarilla –(Si, la época de la mascarilla ha llegado hasta esta historia). Ese molesto accesorio tan “necesario” en estos tiempos que corren para mantener a salvo a nuestros seres queridos. En una acera de “estilo italiano”, debería usted saber que las aceras italianas no suelen medir más de cuarenta o cincuenta centimetros, y eso las que son transitables. Le hace a uno preguntarse:- ¿A qué se dedican los ayuntamientos aquí? Ahí yace impávido, como la estatua de aquel pimpoyo que señala al Oeste eternamente. Como ha hecho tantas veces, pausadamente murmura: -Buon giorno…

Mientras, enérgico entra Giuseppe al bar-estanco, y pide en caja un café manchado y una ensaimada.

-Dos con cuarenta. -Le responde la cajera.

Tras tomar el cambio de un billete de 5 euros, se dirije a la barra mientras se ajusta la mascarilla.

-Ciao Freccia, ¿Qué pasó ayer? Te esperaba para la fiesta con Giovanni, Alessia se puso triste porque lo esperaba…

-Tiene ese dichoso virus… ¿Qué va a ser?

-¿Qué ha pasado?¿Está bien, lo tienes en casa?

-Hace unos dias vino mi hermano de visita a tomar unas copas, y al parecer nos lo ha pegado, mi hijo esta bien. Ayer por la mañana tenia unas decimas y tos, asi que fuimos al doctor y le hicieron analitica y salio positivo. Y me ha dicho que no puede salir y tiene que ponerse una mascarilla N95 y yo tambien… y aligerando ¿que te pongo? -Pregunta ella con firmeza.

Freccia no es una mujer docil, pues es brava, de pequeños era ella siempre la primera en saltar desde “El Corsario Cojo” un tajo en un acantilado. Un salto de unos diez metros donde iban los niños a apuntarse bien y saltar, tenian que apuntar bien pues hay unos salientes… Que si te equivocas… De ahí viene el nombre “El Pirata Cojo” Freccia era siempre quien tomaba la iniciativa, como aquella mañana que despues del recreo, agarro a Luiggi de la chaqueta y a rastras lo llevo a saltar la reja del instituto, para escaparse e ir a la playa en pleno noviembre, con el frío que hacía. Y no dudó un instante en quedarse en braguitas y sosten y tirarse al agua helada. Cerca andába Pietro, quien mas tarde sería padre de sus hijos y exmarido, que entonces le dejo su chaqueta “seca” para que no le entrase algo malo despues de aquel chapuzón “piardero”. Cosas de jovenes, locuras juveniles. Pero Luiggi no era tan valiente, el se llamaba “Cauto”, mientras no dejaba de reirse de lo loca que estaba Freccia.

-Café y una ensaimada. Oye si necesitas cualquier cosa, aquí estamos los amigos para apoyarte. -contesta Luiggi.

-No es nada. -Responde ella mientras pone café en la cafetera.-Solo que estará dos semanas recibiendo clases desde casa. Pero tu ya sabes como son los niños de hoy… Viven pegados al móvil.


Mientras tanto, al otro extremo del pueblo hay un coche que circula despacio, como ahorrando gasolina, con una marcha larga y a poca velocidad. Se dirije a un gran solar habilitado como aparcamiento, donde suelen ir los jovenes por la noche a pasar unas horas de calidad con parejas y amigos, a estar un rato a solas o a reunirse tambien para tomar unas birras. Y ahí en una esquina, donde no hay mucha luz aparca un Renault Megané gris metalizado, y suena un resoplido, como si llevara mucho pero mucho tiempo viajando y hubiera llegado a un lugar donde descansar. El solar está limitado por un muro de un metro de alto y a pocos metros esta el mar tirreno. Al otro lado cruzando la carretera hay casitas adosadas y algunos bares y restaurantes. Cae la noche y solo se ve luz en una ventana de una casa al otro lado de la carretera, por la acera pasea alguien con su perro y pasa algun deportista haciendo sus metros al trote. El suave sonido de la corriente marina, pues en esta zona costera apenas hay oleaje, solo cortas olas provocadas por la corriente o el paso de algun barco. ¿Ha pasado ya una hora? Ó ¿Dos? Ahora mismo eso da igual. Con actitud sosegada y tranquila, alguien se recuesta en el asiento del coche con la intención de pasar la noche ahí. Y del otro lado hay ojos que observan quien va y quien viene, y un coche parado toda la noche llama la atención de los vecinos. Los pocos que hay porque la mayoria de las casas estan deshabitadas, cuando los dueños fallecieron se tapió la casa y ahí se quedó nadie vino a reclamarla, ni los hijos ni familiares quisieron hacerse cargo y así quedaron, derruyendose poco a poco dandole al pueblo ese aspecto rústico y a la vez duro. Dulce pero sobrio.

Sale el Sol y al clarecer el cielo, con la primera luz del alba Sergio sale del Renault gris equipado con unas zapatillas deportivas y un chandal, y sale a correr. Para despues darse un chapuzón en el mar tirreno. Y la gente pasea por la avenida tranquilamente, y asi pasa un día y otro. Ya no queda nada de suministros, tan solo agua, pero Sergio paciente reza firme y con el Señor nada le falta.

Y los vecinos ya cotillean y se preguntan ¿Quién es ese del coche? ¿Qué hace ahí? Lo han visto por un día y otro, y siempre hace la misma rutina. Sale a correr, da los buenos dias, ya corren rumores. Que si se esta escondiendo… Otros sospechan que la mujer lo echó de casa… Y Luiggi “El cauto” ha decidido tomar la iniciativa por una vez, le da un vuelco el corazón de pensar que ese hombre esta necesitado. Y sin dudarlo un día compra una pizza napoletana y se la lleva a nuestro amigo.

-Ciao.-Le saluda acercandose al coche con la pizza en la mano. -Por favor amigo toma esto para que te la comas.

-Buenos dias.- responde Sergio sorprendido.- Gracias, pero yo no te he pedido alimento.

-Es para, ti tomala. ah- Le replica con un gesto.

-Gracias amigo. Muchas gracias, que Dios te lo pague.- responde mientras toma la pizza por la ventanilla del coche.

Y asi pasan unos dias. Luiggi se presta humilde a servirle a nuestro amigo una comida y una cena, y a veces hasta un café por la mañana. Y a todo esto apenas hablan, Luiggi parece más interesado en servirle de comer a nuestro “Mendigo del Renault” que en saber quien es y que hace aquí.

Pero un dia, Luiggi lleva una bolsa con unos arancinis para Sergio, y este sale al encuentro de Luiggi, le mira fijamente:

-¿Tienes un segundo? Sigueme, quiero hablar contigo.

-Si.- Responde Luiggi con la bolsa en la mano.

-Sin conocerme de nada, me diste de comer. Sin confianza pero con mucho valor, viniste y me entregaste lo que creias que yo necesitaba.

-Lo hice porque me dio pena.- Responde Luiggi. Y aquí te traigo algo para ti.

-Tú no tienes ni idea de quien soy, pero yo en cambio si se quien te ha instigado a hacer tal obra, y te diré tambien que te estaba buscando. Tengo aquí algo para ti.- Dice sacando un papelito.- Pues de entre todos has salido, y esta cerca el momento en que saldran mas, pero antes de que eso pase. Te propongo una cosa.

-¿Qué cosa?- pregunta Luiggi boquiabierto.

-Te diré que de este papelito van a salir incontables papelitos, por arte de magia. Y te diré tambien que si repartes papelitos con tus vecinos, no te digo que te van a querer, te digo que te van a llevar a la mas miserable de las ruinas. -Prosigue nuestro amigo con voz vivaz.- Asique toma esto y coges a tu familia y te vas lejos de aquí. Yo ya he terminado aquí, ahora me subo a mi carro y me voy.


Y este es el Ángel de Avediario.



FIN


 
 
 

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